Reseña
Muestras, Sobre fotografía, Textos / 7 septiembre, 2015

Mi trabajo en BAZAR AMERICANO

La técnica de Ludovico, se sabe, era el procedimiento ficticio de condicionamiento inventado por Anthony Burgess para su novela La Naranja mecánica, en el cual el paciente era obligado a ver imágenes de violencia, por largos períodos de tiempo. En su serie Antiludovico, Marcela Magno cambia rápidamente de canal y captura imágenes al azar, breves y fantasmáticas apariciones, miríadas de electrones rebotando contra la superficie de la pantalla. La fotografía ha sido, históricamente, una cuestión de superficies.
Desde la cámara oscura, que parte de un orificio en un plano, hasta la película sensible capaz de retener la imagen. Una película sensible, es decir una piel.
Con pieles trabajó Marcela Magno en su tierra adoptiva de ese momento, recubriendo cuerpos con lana de ovejas, crines de caballo, plumas de ñandú… Pero antes (y también durante y después, porque fueron años de viajes), fotografió la piel del territorio, la superficie fuera de foco, fugazmente transitada, y como barrida por el feroz viento patagónico. Pareciera que una suerte de principio de incertidumbre gobernara estas imágenes: no es posible a un mismo tiempo la cercanía y la información. Hipermétropes, recién cuando nos alejamos podemos enfocar el territorio.
Marcela Magno hace gigantescos montajes de imágenes satelitales: topografías de campos petroleros en la serie Land, de minería y agricultura en Colonia.
Intrincados dibujos surcan la superficie del mundo, su piel, sobre la cual la civilización –siniestro artefacto– escribe, como en la colonia penitenciaria de Kafka, su condena.

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