pequeñas reflexiones para artistas
Filosofía, proyectos, Sobre fotografía, Textos / 7 agosto, 2016

Una noche del verano de 2016, en Lima, Jorge Villacorta me llevó a buscar libros viejos para mi nuevo trabajo por varias librerías de Miraflores y San Isidro.
Mientras caminabamos hablando del arte y de la vida, con la dulzura y sutileza que lo caracterizan, me contó la anécdota de una fotógrafa que a mediados del siglo XX buscó a Berenice Abbott, la maestra de Diane Arbus, para que la aconseje sobre cómo llegar a ser una gran artista.
Berenice le dio dos consejos: primero consíguete un estudio (checked) y luego divórciate (checked) , para mi caso él agregó uno más: sácate las plagas de encima (checked) .
Hoy me desperté con la voz generosa de Jorge resonando en mi cabeza, sintiendo que obré los tres consejos, que voy por el camino correcto, leyendo a Shopenhauer sin poder dejar de pensar que este Alemán misógino (imagino su misoginia como una venganza por no haber sido amado ni por su madre, es decir, como su debilidad) jamás imaginó a una mujer de 50 años que en 2016 se dedica a leer su gran obra en su estudio, fumando cigarrillos armados, bordando imágenes desde afuera, sobre la violencia y la ceguera de la voluntad.

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Agamben. Filosofía y poesía. Ñ, 4 de julio 2016.
Filosofía, Poesía / 4 julio, 2016

Giorgio Agamben ha escrito un libro bellísimo. Sus libros son siempre densos, prístinos e impredecibles, como el que recientemente le dedicó al personaje de Polichinela. Posan la mirada en el pasado remoto. Es el único modo de intensificar el presente.

Consideremos este último trabajo, Che cos’è la filosofia? (¿Qué es la filosofía?), que esconde una pregunta aparentemente obvia. “Tengo la convicción –dice Agamben– de que la filosofía no es una disciplina cuyo objeto y cuyos límites sean posibles definir (como intentó hacerlo Deleuze) o, como sucede en las universidades, pretender trazar la historia lineal y quizá progresiva. La filosofía no es una sustancia sino una fuerza que de golpe puede animar cualquier ámbito: el arte, la religión, la economía, la poesía, el deseo, el amor, incluso el tedio. Se parece más a cosas como el viento o las nubes o una tempestad: como ellas, se produce de imprevisto, agita, transforma e incluso destruye el lugar en el que se produce, pero con igual imprevisibilidad pasa y desaparece”.

–Propone una imagen volátil de la filosofía.

–Tengo la costumbre de dividir el ámbito de la experiencia en dos grandes categorías: las sustancias y la fuerza. De una sustancia se pueden determinar los límites, definir los temas y el objeto, trazar la cartografía; la fuerza en cambio no tiene un lugar propio.

–¿Esto puede verificarse en todo?

–La filosofía, el pensamiento, en este sentido, es una fuerza que puede tender a animar y recorrer cualquier ámbito. Comparte con la política esta cualidad de tensión. También la política es una fuerza. Tampoco la política, contrariamente a lo que consideran los politólogos, tiene un lugar propio: como es evidente no solo en la historia reciente, de golpe la religión, la economía, inclusive la estética pueden adquirir una intensidad política decisiva, devenir en situaciones de enemistad y de guerra. Va de suyo que las fuerzas son más interesantes que las sustancias. Si las sustancias y las disciplinas –como la vida, por otra parte– se mantienen inertes, si no alcanzan cierta intensidad, se degradan a prácticas burocráticas.

–Un antídoto contra la decadencia de la práctica burocrática puede ser la poesía. Ha reiterado a menudo el vínculo entre filosofía y poesía, que el mismo Heidegger coloca en el centro de su reflexión. ¿En qué consiste ese vínculo?

–Siempre he pensado que filosofía y poesía no son dos sustancias separadas sino dos fuerzas que tensan el lenguaje único en dos direcciones opuestas: el sentido puro y el sonido puro. No hay poesía sin pensamiento, así como no hay pensamiento sin un momento poético. En este sentido, Hölderlin y Caproni son filósofos, así como cierta prosa de Platón o de Benjamin son poesía pura. Si se dividieran drásticamente en dos campos, yo mismo no sabría en qué parte meterme.

–En su biografía intelectual hay un diploma en jurisprudencia, pero con una tesis bastante insólita dedicada a Simone Weil. ¿Cómo nació esa elección?

–Descubrí a Simone Weil en París en 1963 o 64 comprando por casualidad la primera edición de los Cuadernos en la librería Tschann de Montparnasse. Quedé tan deslumbrado que apenas volví a Roma se los hice leer a Elsa Morante, que quedó igualmente conquistada. De inmediato decidí que dedicaría mi tesis de doctorado en filosofía del derecho al pensamiento político de Weil.

–¿Qué lo impactó de ese pensamiento?

–De un modo particular la crítica de las nociones de persona y de derecho que Weil desarrolla en La persona y lo sagrado. Fue a partir de esta crítica que leí el ensayo de Marcel Mauss sobre la noción de persona y me apareció con claridad el nexo que alcanza íntimamente la persona jurídica con la máscara teatral y luego teológica del individuo moderno. Quizá la crítica del derecho que nunca abandoné a partir del primer volumen de Homo sacer tenga en el ensayo de Weil su primera raíz.

–Otra raíz en la construcción de su pensamiento ha sido Walter Benjamin.

–En la vida hay eventos y encuentros que son demasiado grandes para poder asimilarlos de una sola vez. Por así decirlo, no dejan de acompañarte. Los encuentros con Benjamin –al igual que los encuentros con Heidegger en Le Thor– son de este tipo. Así como los teólogos dicen que Dios sigue creando el mundo en cada instante, estos encuentros siempre están en desarrollo. La deuda que tengo con Benjamin es incalculable.

–“Deuda” es una palabra intensa.

–Baste aquí señalar solo un problema de método. Él es quien me enseñó a extraer a la fuerza, de un contexto histórico aparentemente remoto, un fenómeno determinado para restituirle vida y hacerlo funcionar en el presente. Sin esto, mis incursiones en campos tan diferentes como la teología y el derecho, la política y la literatura, no hubieran sido posibles. Cuando se frecuenta con tanta intensidad un autor se producen fenómenos que parecen casi mágicos, pero que son solo fruto de esa intimidad. Así me ocurrió con los manuscritos de Benjamin, primero en Roma en la casa de un amigo suyo de juventud y después en la Biblioteca Nacional de París.

–En los últimos años se ha acentuado su referencia a la “biopolítica”. ¿Es un concepto que debe mucho a Michel Foucault?

–Ciertamente. Pero igual de importante para mí ha sido el problema del método en Foucault, es decir, la arqueología. Estoy convencido de que la única vía de acceso al presente hoy es la indagación del pasado, la arqueología. A condición de precisar, como lo hace Foucault, que las investigaciones arqueológicas no son más que la sombra que la interrogación del presente proyecta sobre el pasado. En mi caso esta sombra es con frecuencia más larga que la que perseguía Foucault e involucra campos, como la teología y el derecho, que Foucault frecuentó poco. Los resultados de mis investigaciones podrán naturalmente ser cuestionados, pero espero al menos que las indagaciones puramente arqueológicas que he llevado a cabo en Estado de excepción, El reino y la gloria o en el libro sobre el juramento ayuden a entender el tiempo en el que vivimos.

–Otro pensador que contribuyó a entender el tiempo en que vivimos es Guy Debord con La sociedad del espectáculo, que todavía hoy nos ayuda a comprender nuestro presente.

–Con Guy nos hicimos amigos a fines de los ochenta. Me acuerdo, durante nuestras conversaciones, el respiro de alivio al ver cómo su mente estaba absolutamente libre de prejuicios ideológicos que habían comprometido la suerte de los movimientos. En el sesenta y ocho y en los años sucesivos los amigos del movimiento que yo frecuentaba se proclamaban sin dudas ni vergüenza y con una abdicación absoluta de la facultad de pensar, “maoístas”, “trotskistas” y demás. Guy y yo habíamos alcanzado una lucidez parecida, él a partir de la tradición de las vanguardias artísticas de la que provenía, yo de la poesía y de la filosofía.

–Debord decía de sí mismo: “No soy un filósofo, soy un estratega”. ¿Qué intentaba, según su parecer?

–Pese a la afirmación que citás, no pienso que hubiese en él algún conflicto entre el filósofo y el estratega. La filosofía implica siempre un problema de estrategia porque, aun si busca lo eterno, puede hacerlo solo a través de una comparación con su tiempo.

–En los años en que vivió en París veía mucho a Italo Calvino. ¿Cómo fue la relación con él, con sus geometrías luminosas?

–Al lado del nombre de Calvino habría que poner el de Claudio Rugafiori, a quien, con Italo, veía mucho en esos años, porque trabajábamos juntos en el proyecto de una revista que nunca llegó a puerto. El intento era definir las que entre nosotros llamábamos “categorías italianas”, los pares de conceptos a través de los cuales buscábamos definir las estructuras portantes de la cultura italiana: “arquitectura/vaguedad”, “tragedia/comedia”, “rapidez/liviandad”; esta última se puede reencontrar textualmente en las
Seis propuestas para el próximo milenio de Italo. Me fascinaba el modo en que trabajaban la mente de Italo y la de Claudio.

–¿Qué lo seducía de ellos?

–El hecho de que fueran dos maneras de un pensamiento puramente analógico que percibía semejanzas y correspondencias donde ningún otro hubiera sabido encontrarlas. La analogía es una forma de conocimiento que nuestra cultura ha ido desplazando cada vez más hacia los márgenes. En cuanto a la idea de un Calvino geométrico y científico creo que es correcta. La suya era principalmente una extraordinaria forma de imaginación analógica, una especie de instinto fisonómico que le permitía rediseñar cada vez la geografía del saber literario.

–Señalaba al principio su amistad con Elsa Morante. ¿Cómo fue la relación con una mujer de carácter tan complejo?

–El encuentro y la amistad con Elsa han sido para mí decisivos en todo sentido. Una vez Calvino me dijo que solo era posible frecuentar a Elsa dentro de un culto. Tal vez fuese cierto, pero a condición de precisar que el objeto de culto no era Elsa, sino aquellos –de Rimbaud a Simone Weil, de Mozart a Spinoza– a quienes ella reconocía y que le encantaba compartir con los amigos. En eso Elsa era seria, salvajemente seria, y creo que le trasmitió al muchacho que yo era un poco de su pasión intransigente por la poesía y por la verdad. Y desde entonces pienso que no se pueden trazar límites claros entre la literatura y la filosofía.

–Sé que por medio de la Morante conoció a Pasolini. Entre otras cosas participó con un papel breve pero bello en su Evangelio según Mateo. ¿Qué recuerdo tiene de aquella experiencia en el set?

–De El evangelio… recuerdo la velocidad: Pasolini casi nunca hacía repetir una escena y cada uno se movía como le parecía. Creo que eso le daba a su cine aquella naturalidad que nunca pretende ser realista. La única pausa larga durante la filmación fue culpa mía: en la Última Cena me encontré delante de la mesa con enormes hogazas infladas por la levadura y tuve que recordarle a Pier Paolo que para la pascua judía el pan debía ser ázimo.

–También menciona su relación con Heidegger y los seminarios que cursó con él en la localidad de Le Thor en 1966 y después en 1968. ¿Qué le ha quedado de aquellos encuentros?

–Los encuentros con Heidegger, como los encuentros con Benjamin, no han terminado nunca. En mi memoria son inseparables del paisaje de Provenza, por aquel entonces no afectada por el turismo. El seminario tenía lugar por la mañana, en el jardín del pequeño albergue donde nos hospedábamos, pero a veces también en una cabaña durante alguna de las numerosas excursiones por la campiña circundante. El primer año éramos cinco en total; después del seminario había comidas en grupo y yo aprovechaba para hacerle a Heidegger las preguntas que más me interesaban, si había leído a Kafka, si conocía a Benjamin.

–Uno de los aspectos principales de su investigación ha sido la filología. ¿De qué modo la ha utilizado?

–La filología siempre ha sido parte esencial de mi búsqueda. Y no solo porque me ha tocado hacer trabajos filológicos en el sentido técnico –pienso en la reconstrucción del libro de Benjamin sobre Baudelaire y en la edición de los poemas póstumos de Caproni– sino porque filología y filosofía, amor por la palabra y amor por la verdad, no pueden separarse en modo alguno. La verdad reside en la lengua y un filósofo que no tuviese en claro esa residencia sería un mal filósofo. Los filósofos, como los poetas, son más que nadie los custodios de la lengua y esto es una misión genuinamente política, sobre todo en una época, como la nuestra, que busca por todos los medios confundir y falsificar el significado de las palabras.

© La Repubblica. Trad. de R. García Azcárate.

 

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